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sábado, 11 de febrero de 2017

¿Qué sigue? II. Lo urgente y lo importante.

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¿Qué sigue? II. Lo urgente y lo importante.

3 de enero del 2017.

Les he estado escuchando. A veces cuando estoy aquí, con ustedes, a veces en el stream del Cideci, a veces con lo que me comentan sus alumnas y alumnos zapatistas.

En todo momento trato de captar el sentido de sus exposiciones, el rumbo y la dirección de su palabra. Hemos escuchado exposiciones brillantes, didácticas unas, complejas otras, polémicas las más, pero en y sobre las que se puede debatir. Deben hacerlo, pensamos, entre ustedes. Para esa discusión, tal vez les ayudaría en algo aclarar la confusión que existe entre ciencia y tecnología.

Por lo demás, estamos tan sorprendidos como ustedes. El interés por la ciencia no es algo que se haya ordenado o impuesto, nace desde dentro.

Cuando hace 23 años, el feminismo venía a reclamarnos que debíamos ordenar la liberación de las mujeres, les dijimos que eso no se ordena, sino que es propio de las compañeras. La libertad no se ordena, se conquista. Dos décadas después, lo que han logrado las compañeras apenaría a quienes entonces se decían la vanguardia del feminismo.

Igual ahora, la ciencia no se impone. Es producto del proceso de los pueblos, tal y como ya lo explicó el Subcomandante Insurgente Moisés.

Les dije que la mayoría de sus participaciones nos han parecido buenas, pero bueno, de lo que algunos, muy pocos, expusieron, pues no sé cómo decirles.

Alguno me admiró, escuchaba yo con atención y esperaba que en determinado momento nos diría: 

todo esto que les dije, es un fraude, se los platiqué para que vean como es la pseudo ciencia y para que no se confíen en el principio de autoridad, de que sólo porque alguien tiene estudios quiere decir que lo que dice es científico”. Pero no, siguió hasta terminar.

Le escudriñé el rostro para ver si sonreía con malicia, y no. Estaba sinceramente convencido de las barbaridades que expresó, y recibía agradecido los aplausos que la banda que trajo, y a quienes engatusó en la galería, le daban.

Cuando una compañera insurgenta escuchó eso de que ya no hay que hacer bebés, que mejor adoptar, porque ya hay mucha gente en el planeta, me dijo: “entonces ahí nomás se acaba la gente, no se necesita la Hidra, basta con esa idea. Y eso es idea de ricos; aunque sea uno o dos, ya son demasiados ricos y sobran, son los que estorban y no sirven. Esa idea que dijeron nos dice que no hay que luchar por hacer otro mundo, sólo tenemos que tomar anticonceptivo”.

Les voy a contar lo que alguien, a su vez, me narró de hace tiempo, cuando el mundo era como una manzana esperando el mordisco del pecado original.

Había un hombre que explicaba lo que hacía para vivir. Él usaba el método, decía, de “la víbora boa”. Tenía un su acompañante. Juntos, envasaban vaselina en frasquitos y les ponían etiquetas en las que se leía “Pomada Todotodo” y en letra minúscula se podía saber que esa pomada curaba todo, desde el Alzheimer hasta el mal de amores, pasando por la polio, la tifoidea, la caída del cabello, el mal de ojo, las muelas picadas, el mal olor de los pies o de la boca, y otros males que ahora no recuerdo.

Lo que hacía esa persona es lo siguiente: se paraba en una esquina y se ponía a vociferar en contra de los zoológicos y los circos, que pobres animalitos, que estaban encerrados y así. Y anunciaba: “Por eso les vamos a mostrar una víbora boa, de 7 metros de largo, que encontramos en las alcantarillas, y que rescatamos y cuidamos, y ahora les mostramos a usted, dama, caballero, joven, señorita, niño y público en general.”

La gente se acercaba curiosa, y más porque no se veía la víbora por ningún lado, sólo una especie de maletín lleno de frasquitos de la pomada “Todotodo”.

Cuando consideraba que había gente suficiente, se volteaba hacía su ayudante y decía en voz alta: “¡Secretario, trái-ga-me la víbora!”. El cómplice asentía con la cabeza y salía corriendo a saber dónde.

El hombre veía a su ayudante alejándose. Eligiendo al azar, le comentaba a alguna persona cercana: 

Parece mentira, pero ahí como lo ve, ese pobre muchacho no podía moverse hace apenas unas semanas, ni con bastón, sólo con silla de ruedas. Y mírelo ahora. Hasta parece un milagro, pero no. Resulta que, para mi suerte, encontré la fórmula científica de un medicamento que lo curó. Mire, le voy a mostrar”.

Claro, el comentario era “inocente” y supuestamente iba dirigido sólo a una persona, pero lo había hecho de modo que varios lo escucharan. Se dirigía entonces al maletín y tomaba un frasquito y le decía a la persona primera: “Mire, esto es de lo que le hablaba”. La persona tomaba el frasco y leía la inscripción, mientras el hombre se desentendía, como acomodando los frasquitos, mirando hacia donde se había ido su ayudante y comentando como para sí: “¿por qué tardará tanto este muchacho?, ojalá no se le haya escapado la víbora boa porque si no, mañana sale en las noticias y pobre animalito, tal vez se lo llevan a encerrar o lo convierten en bolsas y zapatos”.

Mientras tanto, la persona inocente que recibió el frasco, se lo mostraba a la de junto y le comentaba lo del muchacho que fue por la víbora. En pocos minutos, el frasco ya ha recorrido a unas 10 personas, y el hombre dice entonces: “A ver ya devuélvanle su medicina a la dama, caballero, joven, señorita”, según, y agregaba, “quédelo, se lo regalo, pruebe y ya verá”.

Entonces otros se acercaban pidiendo su muestra gratis, el hombre, apenado, se disculpaba: “No, lo lamento, no puedo regalarles a todos, este es un pedido especial para la Secretaría de Salud. Bueno, pero es mejor que lo aprovechen ustedes y no esos desgraciados del gobierno, sólo denme unos 10 pesos para fabricar y reponer lo del gobierno”.

Bastaba que se acercaran unos 5, para que otros más se sumaran, y al poco tiempo ya tenía alrededor una aceptable cantidad de personas. La misma gente comentaba entre sí de qué se trataba, y el hombre, fingiendo desapego, sólo se limitaba a cobrar, mientras se lamentaba del retraso de su “secretario” y la mentada víbora boa.

Era cuestión de minutos, y el ayudante regresaba todo agitado y preocupado, y algo le decía al hombre en voz baja, él sólo decía “dios mío, ¿de veras?, ¿estás seguro?” Entonces recogía rápidamente su maletín ya vacío o casi, y dirigiéndose a la gente les decía: “Pélense, se escapó la víbora y ahí vienen la patrulla y los granaderos”, y corrían asustados. La alarma se generalizaba, y la gente también se dispersaba.

Le pregunté cuánto le costaba hacer la mentada medicina. Me dijo que los frasquitos los recogían de la basura, y la vaselina, pues le salía como un peso por frasquito. Se ganaba con ese método unos 100 pesos al día, cuando el salario mínimo era de $ 8.00 diarios.

Bueno, sólo les quiero decir, a quienes nos quisieron aplicar ese método en este encuentro, que, aunque tengan grado académico, no les compramos sus frasquitos. Creo que tienen que buscar otra esquina para ofrecer su mercancía chafa.

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Tal vez alguno mantenga la imagen del indígena ignorante e ingenuo, y creyó que podía decirnos que iba a hablar de una cosa, sabiendo de antemano que lo iba a hacer de otra cosa que no tiene nada de científico. Vaya, ni siquiera alcanza a ser una pseudo ciencia, y he leído en redes sociales cosas mejor elaboradas, más ingeniosas, e igualmente falsas de cabo a rabo.

Y déjenme decirles: si se quejan de que en la academia no toman en cuenta en ciencias lo que es puro rollo existencial, acá tampoco.

Que en la academia no toman en cuenta el activismo político, acá tampoco. Pero les voy a decir dónde sí lo toman en cuenta: en la izquierda institucional. Ahí sí, llegan ustedes y dicen: soy doctor en no sé qué, y he participado en tantas marchas, mítines, cursos, entonces sí los colocan en alguna dirección de lo que sea, o como asesores, o como coordinadores.

Aquí no, si vienen que saben de matemáticas, pues de eso, aunque no sepan qué cosa es plusvalía o lucha de clases, ni sepan si “La Internacional” es una canción de lucha, una ópera o el nombre de una tienda de ultramarinos.

Como ya les platicó el Subcomandante Insurgente Moisés, la ciencia es ciencia, seas partidista o zapatista.

Tampoco vale que nos vengan a adular o a cortejar, aunque creo eso sí funciona en la academia institucional.

Ni valen los chantajes con el color de piel, la preferencia sexual, o la creencia religiosa. Sabes o no sabes de lo que hablas, no cuenta si eres de piel oscura, o blanca, o roja, o amarilla, o negra, o bicolor; no cuenta si eres hombre, mujer, homosexual, gay, trans o lo que sea; no cuenta si eres católico, o musulmán, o ateo, o agnóstico, o mahometano, o lo que sea siempre y cuando, a la hora de hacer ciencia, hagas ciencia, no religión, filosofía o la charlatanería de moda en redes sociales.

Entonces acá no se discrimina. Las diferencias no son demérito, pero tampoco son un mérito.

Respecto a los sufrimientos o dramas personales, ok, se entienden. Pero comprendan que somos un mal público para pedir lástima. Con todo lo que hayan sufrido y sufran, no podría equiparse a lo que ha sido, y es, ser lo que somos como lo que somos.

Pero comprendo lo que les pasa, cada quien se masturba con lo que puede. Sin embargo, no nos 
parece honesto mentir diciendo que vendrían a hablar de ciencia y no de sus azotes existenciales.
Pero las compañeras y compañeros son nobles y comprensivos. Los invitamos a hablarnos y lo hemos cumplido, lo hemos escuchado con respeto, lo que no quiere decir que nos tragamos sus piedras de molino. Nosotras, nosotros cumplimos. Esa gente no.

Imaginen que ésta es una asamblea de uno de los poblados zapatistas, y que pasan ustedes a exponer sus proyectos. Pasan de biología, medicina, laboratorio, análisis clínico, agroecología, ingeniería, farmacéutica, y la asamblea les dice que adelante, que es urgente. De física, química, matemáticas, vulcanología, astronomía, y demás ciencias, la asamblea les dice que adelante, que es importante.
Y si se presenta alguien que viene a decirnos que la ciencia necesita hacer filosofía posmoderna y tomar en cuenta las variables existenciales de cada quien, pues la asamblea les va a escuchar, pero no les va a decir que se vayan. Les van a proponer que se infiltren en Skynet y convenzan a la Inteligencia Artificial de seguir la propuesta científica que pretenden. Estoy seguro de que colapsaría en poco tiempo, lo que aliviaría la dualidad que sufre John Connor, y a la humanidad entera la libraría de las secuelas de Terminator.

Claro, yo les recomendaría que realmente estudiaran y que se dieran cuenta de que están más del lado de Aristóteles y Ptolomeo, que de Copérnico, Galileo y Kepler.

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El Apocalipsis según Defensa Zapatista.

Montañas del sureste mexicano. Territorio en resistencia y rebeldía. Hay una escuela autónoma. Un aula. En ella, la promotora de educación les habla a las niñas y niños zapatistas:

Antes de salir les voy a contar una historia como cuento, ustedes la tienen que pensar y responder a la pregunta que les voy a hacer cuando ya lo saben la pequeña historia”.

En una de las bancas de atrás, una niña deja de dibujar en su cuaderno complicados diagramas que, aunque parezcan de flujo, en realidad son de tácticas futboleras. En un costado de las líneas y flechas se puede leer “cuando completemos el equipo”. A los pies de la niña hay un balón, deshilachado y lleno de chipotes, y en su regazo dormita una especie de gato… o de perro… o lo que sea.

No sólo la niña, ahora toda la clase está pendiente de las palabras de la promotora, que dice:

Hay una voz que nos cuenta lo que ve. Dice que hagan de cuenta que el mundo ya se va a acabar ya de una vez, y que ya sólo se mira que están dos hombres. Los dos están parados uno frente al otro, y no se hablan, pero se mira que están muy bravos. Son los únicos hombres que quedan, ya todos los demás ya murieron ya. Son los últimos hombres de la Tierra. No se hablan ni se miran esos dos hombres, pero están discutiendo muy embravecidos. Y no se miran ni se hablan porque se están mandando mensajes en sus celulares. O sea que, como quien dice, están peleando como si sus celulares fueran sus armas, las únicas que quedan porque el mundo ya se está acabando ya. Se están regañando muy rabiosos esos hombres, que ya sólo ellos dos se ven. Y uno le está diciendo al otro, que sea que le manda mensaje:

Tú lo tienes la culpa porque con la ciencia lo hiciste la destrucción”. (send)

El otro lo ve su mensaje en su celular y se embravece y le contesta:

No, tú lo tienes la culpa porque, en lugar de ciencia, te pusiste a decir que mejor hacernos como los antiguos primitivos y no usar las técnicas”. (send).

El otro uno, ahora sí que se pone más enojado y hasta se mira su ojo que está como que lo quiere quemar la pantalla de su celular. Y entonces escribe:

No, la culpa es tuya porque con tus ciencias y técnicas se hicieron las armas que de una vez hicieron la matazón que hasta los pobres animalitos pasaron a llevar”. (send),

El otro lo ve el mensaje y pone su ojo así como “vas a ver maldito” y le responde:

No, la culpa es tuya porque dijiste que no hay que aprender la ciencia que porque la ciencia es mala porque no respeta la madre tierra y lo hace daño”. (send).

El otro uno lo mira con mucho odio su pantalla y le da a las teclas para decir:

No, es tu culpa porque con la ciencia te crees que sabes mucho y no tomas en cuenta su necesidad de la gente y andabas de alzado que yo sé mucho, que nadie me gana y cuanta madre que dijiste”. (send).

El otro lee y se pone tan bravo que no se puede creer de una vez, y lo mira al otro uno y pone su ojo así como si dice “vas a morir desgraciado”. Entonces lo escribe:

No, es más tu culpa porque lo criticaste la ciencia nomás por haragán, que no quieres estudiar, ni aprender porque claro se mira que pesa mucho tu coyolito”. (send).

Así tardan esos dos hombres, peleándose muy embravecidos con sus celulares. No lo saben, pero ése es el último día, ahí nomás cuando llega la noche, ya se acaba todo. Y por estar peleando y mirando sus celulares, no se dan cuenta cuando el sol se guarda ya en la montaña y toda la tierra se oscurece.”

La promotora de educación, quien ha desplegado todo lo aprendido en los cursos de formación para contar la historia, concluye:

Bueno, pues ésa es la historia que contó la voz. Entonces, la pregunta que tienen que responder es 

“¿Quién de los dos hombres sobrevivió a que se acabó el mundo?”.

Las niñas y niños quedan pensando.

En las primeras filas de la clase está sentado el Pedrito. Él dice que es para poner atención, pero bien que lo sabemos que está muy enamorrrado de la promotora de una vez, pero no lo vamos a publicar porque es un secreto que tiene.

El Pedrito levanta la mano pidiendo la palabra.

La promotora está a punto de decir “A ver Pedrito, qué pensás”, pero del fondo del salón de clases sale una voz infantil femenina:

Pues está fácil”.

Todos, incluyendo a la promotora, voltean a mirar a la niña que se ha puesto de pie y ya tiene terciada su morraleta con el cuaderno y el lapicero guardados. Con sus manitas sostiene el maltrecho balón, mientras en el piso el Gato-perro se estira desperezándose. La maestra dice con resignación:

A ver Defensa Zapatista, dinos tu pensamiento”.

La niña se va a acercando a la puerta del salón mientras expone:

Está fácil la respuesta, porque claro se mira que los pinches hombres lo tienen la culpa que se acabó del mundo de una vez por culpa de que son muy malditos con su patriarcaladera ésa, que de plano ya no se puede creer ya. Y no lo estudiaron de la pinche Hidra que bien que con su tragadera pasó a perjudicar a todo el planeta Tierra. Y entonces ahí están de muy machitos peleándose con sus celulares y sus canciones de caballos y de amores y luego otra vez de desamores, que sea que no se deciden de una vez.

Bueno, maestra, para que lo entiendas como mujeres que somos, te lo explico la palabra: 

patriarcaladera” es así como que sólo los hombres mandan y quieren que nosotras como mujeres nomás estamos al pendiente de qué quieren, de que esto, de que lo otro, y luego nos dicen que mucho nos quieren y que tenemos muy bonitos ojos y acaso están mirando los ojos, no, sino que lo miran otra cosa. Y yo no sé qué cosa es que miran porque todavía no crío, pero así me dijeron mis mamaces que hacen los pinches hombres. Y yo, cuando ya crezca, que ni lo piensan, ahí nomás les voy a dar sus zapes y sus patadas si es que me mal miran. Entonces la “patriarcaladera” es que los pinches hombres sólo quieren que les hacemos el pozol y todavía nos molestan que lo quieren un su besito. ¿Tú lo crees que lo vamos a dar un su besito así nomás? Nada de que nada, en lugar de besito, ahí tienen su zape. Y luego piensan que nos van a convencer con canciones de caballos. De plano son tarugos, a ver si lo encuentran un caballo que les haga su pozol, qué van a encontrar, nuncamente

La maestra ya conoce a la niña, así que la interrumpe:

A ver Defensa Zapatista, responde la pregunta”.

La niña ya está en la puerta. Mientras, a sus pies, el Gato-perro mueve alegremente la cola, responde:
Pues está fácil, ninguno de los dos hombres vive, sino que ahí nomás mueren por tarugos. Y claro se ve que es por su culpa de la patriarcaleda ésa que se va a acabar el mundo, pero nada que se acaba, porque resulta que sí hay quien vive y es la compañera que está contando la historia. Porque si no es una compañera la que cuenta la historia pues entonces no hay historia. Y la compañera que lo cuenta la historia lo lleva un su pichito en el rebozo y lo está como quien dice dando la clase política al pichito, para que aprende que tenemos que apoyarnos como mujeres que somos”.

La niña no espera a saber qué dice la promotora de educación y, dando por sentado que su respuesta es correcta, sale corriendo gritando “¡A jugar!”, mientras el Gato-perro y el resto de la clase salen detrás de ella.

La promotora de educación sonríe mientras guarda sus cuadernos y libros, uno de los cuales lleva en la portada “Antología XX Aniversario. Congreso Nacional Indígena. Nunca más un México sin nosotros”. Ya para retirarse, la maestra se da cuenta de que no todos los niños salieron.

En la banca de enfrente, está el Pedrito, así como triste y derrotado. La promotora va y se sienta a su lado y le pregunta:

¿Qué te pasa Pedrito, por qué estás triste?

El Pedrito suspira y responde: “Porque ya no pude responder porque Defensa Zapatista me ganó la palabra”.

Ah”, le dice la maestra, “no preocupas Pedrito, ¿cuál era tu respuesta?”

Pedrito explica con tono de obviedad:

Pues yo iba a responder que la historia no se sostiene, porque si sólo quedan dos hombres peleando con sus celulares, entonces ¿quién está trabajando para que haya señal de celular? Eso quiere decir que hay otros que siguen trabajando, o sea que no sólo quedan dos. O sea que, para que me entienda maestra, a su historia le falta lógica, coherencia en el argumento. Entonces la respuesta es que la premisa está mal, por lo tanto, la conclusión, cualquiera que sea, es falsa. Eso se hubiera entendido si se aplica el pensamiento crítico al análisis” (me cae que así habla el Pedrito, si algún día lo conocen van a ver que no lo estoy impostando).

El Pedrito, después de hablar, vuelve a su posición de pena y tristeza.

La promotora de educación está pensando qué quieren decir las palabras “coherencia” y “premisa”, y que siempre le pasa así con el Pedrito, que usa palabras que ponen en aprietos hasta a la Comandancia. La promotora no tiene pena de preguntarle al Pedrito qué significan esas palabras, pero ve que el Pedrito está triste, así que lo abraza y le dice:

No preocupas Pedrito, tu respuesta también está bien”.

El Pedrito, al sentirse abrazado, se pone de todos los colores y pone cara de “a mí nadie nunca me ha abrazado”, tal y como le enseñó el finado SupMarcos. Mientras se deja querer, el Pedrito piensa que estuvo bien que Defensa Zapatista haya respondido primero, porque así la promotora lo está abrazando, y en el abrazo, el Pedrito entiende que no, que el mundo no se va a acabar, que mientras el abrazo dure, el mundo seguirá dándole oportunidad a la vida, porque la vida es eso, un abrazo.

Eso está reflexionando el Pedrito cuando, en la puerta, aparece la niña y le dice: “Apúrate Pedrito, tenemos que completar el equipo para hacer la retadora”.

El Pedrito se separa del abrazo de la promotora como si el corazón se arrancara, pero va hacia la niña, porque él es, además de niño, zapatista, y un zapatista no puede dejar que el equipo no se complete por su culpa. Antes de salir, el Pedrito le dice a la niña: “sólo que claro te digo que de portero ya no, mejor pon al caballo choco en la portería, yo quiero ser delantero”.

“Defensa Zapatista” no va dejar que la última palabra en el cuento sea de un niño, así qué dice:

Qué delantero ni que nada. El SupGaleano me enseñó unos videos y ya tengo un nuevo plan. Ahora vamos a jugar con la ciencia del “fútbol total” de las naranjas holandas ésas. ¿Tú lo crees que no hay que estudiar para el juego? Tienes. Las dos cosas, con las ciencias y las artes. Luego te explico. 
Nomás completamos el equipo y vas a ver, tú no preocupas, ya vamos a ser más, de repente dilata, pero ya vamos a ser más”.

Se van el niño y la niña. Hasta entonces podemos ver que la niña trae una playera naranja que casi le llega a los talones y que atrás luce en letras chuecas “Cruyff” y más abajo se lee: “Resistencia y Rebeldía”.

En la orilla del potrero, los espera un abigarrado grupo formado por: un viejo caballo que mastica con parsimonia una bolsa vacía de tabaco; un hombre bajo de estatura y pelo cano, tiritando a pesar del abrigo que porta; otro hombre alto y delgado que sobresale por su altura y por la extraña gorra que tiene, el cual mira con interés, a través de una lupa, a un extraño animalito que, a la distancia, semeja un perro… o un gato… o un gato-perro.

Cerca de ahí, en donde la comunidad se empeña en arañar el muro, manos anónimas han plasmado, abajo y a la izquierda, un graffiti que estalla en colores. En él se lee:

Somos el Congreso Nacional Indígena y vamos por todo, para todas y todos”.

Muy lejos de ese lugar, dentro de un bunker las sirenas de alarma ululan y la tierra se estremece.
Arriba, el hermano John Berger, sonriendo, ha dibujado con nubes, para quien mire alto, una pregunta: “¿Y tú qué?”

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Lo urgente y lo importante.

La historia que les voy a contar es un poco triste. Lo es porque contiene las lágrimas de una niña zapatista. Pero, a pesar de eso, o precisamente por eso, se las cuento porque, al escucharles hablar, exponer, reflexionar y tratar de responder y enseñar, me he imaginado lo que sigue. No sé si ustedes lo han hecho. Si no, se los recomiendo, piensen en lo que sigue.

Me he imaginado que estamos en otro tiempo hace adelante. Va:

Sin que la antecediera un balón, había llegado a mi champa “Defensa Zapatista”. En su carita se veía que había estado llorando, y todavía algunas lágrimas le brillaban en las mejillas. “Defensa Zapatista” sostiene que las niñas no lloran, que eso es cosa de hombres, que las mujeres son fuertes. Así que entendí por qué la niña había venido a mi champa, donde sólo habitan fantasmas y silencios. Aquí está segura, aquí puede llorar sin que nadie, como no sea yo, la mire. Aquí puede guardar su fortaleza en un cajón y dejar que el sentimiento le llene la mirada y haga líquida la pena.

Yo no le dije nada. Hice como que no la miraba, como que estaba barriendo el piso del tabaco y los papeles arrugados que se extendían alrededor de la mesa.

Al fin, ella se limpió las lágrimas con el paliacate rojo, suspiró y carraspeó para decirme:

Oí Sup, ¿tú lo sabes lo que es mal soñar?

De por sí”, le respondí, “los malos sueños se llaman pesadillas”.

Ella se interesó y preguntó: “¿y cuál es su trabajo de las quesadillas, por qué y quién las hizo?, porque son muy fieras.

Se llaman “pesadillas”, no “quesadillas”. Las quesadillas son buenas si tienen queso. Las pesadillas no son buenas. Pero, ¿por qué me preguntas eso?

Es que lo soñé muy fiero y me desperté así como con un dolor en la panza, como que no está cabal, como que duele”, dijo.

Cuéntame pues”, la animé y encendí la pipa.

Bueno, resulta que soñé que estamos en la asamblea del pueblo, que resulta que está muy cabrón la situación por su culpa del mal sistema. Y que está llegando mucha gente a pedir entrada en el pueblo porque en otros lados ya nomás no se puede vivir, entonces se viene la gente porque nosotras como zapatistas sí nos preparamos.

Pero está llegando gente hasta de otros sus países que a saber dónde quedan.

Entonces pues no está cabal la comida y la comunidad tiene que producir más la tierra, porque como zapatistas pues tenemos que apoyarnos con otros pueblos del mundo porque somos como quien dice compañerismos.

Entonces están viendo en la asamblea cómo se van a organizar para darle alimento a esas hermanas y hermanos.

Entonces pasa que alguien de la asamblea dice que hay que buscar más terreno donde se puede sembrar.

Y entonces otro dice que en el potrero donde lo jugamos el fútbol, que lo vio que ya floreció el Petumax con sus flores, así como blancas, pero no, así como grises pero no, creo color crema o no sé cómo se llama su color.

Y que lo vio que también está el Chene´k Caribe, y sí cierto porque yo de por sí lo juego sus flores como que son pollitos.

Y que también la miró que está la Sun que parece girasol, pero no es.

Entonces dijo el compañero ése, que eso quiere decir que ya está buena la tierra en el potrero, que ya se puede sembrar ahí maíz y frijol.

Y entonces yo como quien dice que me preocupé, porque ahí en el potrero es donde lo vive el caballo choco, y donde jugamos fútbol. Bueno, no mero jugamos porque no hemos completado el equipo, pero lo practicamos y entrenamos con muchas ganas.

Entonces la autoridad le pregunta a la asamblea si está de acuerdo que se siembra en el potrero y se hace milpa ahí, o si hay alguien que no está de acuerdo pues que lo dice su palabra para ver cómo se hace.

Entonces toda la asamblea está en silencio y nadie pide la palabra. Y yo quiero hablar para decir que no siembren en el potrero, porque entonces ya no vamos a poder jugar, que sea entrenar. Pero no sé cómo voy a decir, porque lo veo que sí se necesita el alimento para apoyar a esas otras hermanas y hermanos.

Y estoy con la angustia porque nadie dice nada y yo no tengo el pensamiento para convencer a la asamblea, y lo veo en su ojo de la autoridad que ya va a decir que, si nadie tiene otra palabra, se aprueba que se siembre en el potrero.

Y ahí estoy yo, buscando un buen pensamiento y no encuentro, y me da coraje que no encuentro buena palabra y con el coraje se me salen las lágrimas, y no es que estoy chillando, sino que es por coraje de no saber.

Y ahí nomás me desperté y me vine corriendo. Y en el camino más coraje me da por el pinche sueño malo ése, que quién lo mandó o por qué hace así”.

Conforme ha ido hablando, el rostro de “Defensa Zapatista” va reproduciendo en sus facciones el dolor y la desesperación.

Yo me quedé callado, pero la niña se me quedó viendo como esperando qué voy a decir.

Aunque yo me di cuenta de que “Defensa Zapatista” no había venido al diván, ni sólo a desahogarse, estaba buscando las palabras adecuadas, porque entendí que la niña no llegó sólo a esconderse, también a buscar respuestas y yo, pues soy el subcomandante de acero inoxidable, el que, según el criterio de “Defensa Zapatista”, tiene el grave defecto de ser hombre, pero nadie es perfecto, y además yo dejo que el gato-perro se suba en el teclado y arruine los textos, a veces tengo galletas para compartir (que, para Defensa Zapatista significa que ella y su animalito se zampan todas las que me gustan y las que no también, y sólo me dejan el paquete vacío), y cuento historias donde ella y su pandilla hacen travesuras y salen triunfantes.

Entonces les estoy presentando como quien dice el contexto, para que entiendan que la niña en realidad no había ido a contarme un mal sueño, sino a presentarme un problema.

Como había estado revisando el baúl de los recuerdos que el difunto SupMarcos me dejó en custodia, recordé haber visto algo que podría servir. Le hice a “Defensa Zapatista” una señal de que espere, y empecé a buscar y encontré, debajo de los dibujos que, cuando estuvo aquí en el Cideci, trazó John Berger, lo que estaba buscando. Los papeles estaban ajados, manchados de tabaco y humedad, pero la torpe letra del finado era todavía legible.

Volví a cargar la pipa y la encendí. Leí casi en silencio, sólo haciendo algunos gestos y emitiendo gruñidos incomprensibles.

La niña me miró en suspenso, esperando. El gato-perro había dejado en paz el ratón de la computadora y, con las orejas paradas, permanecía expectante.

Después de hacerme el importante unos minutos, le dije:

Ya está, no hay problema. He encontrado la solución para tu pesadilla. Resulta que en este escrito el difunto SupMarcos, que diosito lo tenga en su santa gloria y la virgencita lo llene de bendiciones, explica que las pesadillas son problemas y que se pueden aliviar si lo resuelves el problema de la pesadilla.

Entonces dice que los sueños son las soluciones a las pesadillas.

Que lo hay que hacer es encontrar la solución y entonces ya sale el sueño bueno.

Que con eso te ahorras un chingo de paga de psiquiatras, psicólogos, terapeutas y antiácidos. Ok, 
eso no viene al caso.

Y en este otro escrito, dice que el problema no sólo es saber qué es lo urgente y qué es lo importante.

Lo urgente es lo que tienes que hacer ya, y lo importante es como, por ejemplo, lo que sabes que se debe hacer.

Por ejemplo, en tu caso de tu mal sueño que me cuentas, lo urgente es que los compas tienen que hacer más producción de alimentos; y lo importante es que no se pierda el lugar donde se juega.

Entonces pues es un problema grave porque si se cuida el lugar para jugar, pues entonces no se siembra y hay hambre; y si se siembra, pues entonces ya no hay donde juegan.”

“Defensa Zapatista” asentía convencida a lo que le iba diciendo. Yo seguí:

Entonces dice aquí el finado que eso se llama “opción excluyente”, o sea que haces una cosa o haces otra, pero no se puede las dos. El SupMarcos dice que casi siempre eso es falso, o sea que no es fuerza que una cosa u otra, sino que se puede imaginar otra cosa diferente. Y pone el ejemplo de los pueblos originarios, o sea que indígenas.

Dice: “Por ejemplo, los pueblos originarios, desde hace siglos, todo el tiempo hacen al mismo tiempo las dos cosas, lo urgente y lo importante. Lo urgente es sobrevivir, o sea no morir, y lo importante es vivir. Y lo resuelven con resistencia y rebeldía, o sea que se resisten a morir y al mismo tiempo crean, con la rebeldía, otra forma de vivir. Entonces dice que siempre que se pueda, hay que pensar de crear otra cosa.”

Dejé los papeles y me dirigí a “Defensa Zapatista”:

Entonces lo que yo creo que puedes hacer en tu problema del mal sueño, es explicarle a la asamblea lo que es urgente y lo que es importante.

O sea que las dos partes tienen buen pensamiento, pero que si escogen una pues lo chingan la otra.
Y entonces explícalo a la asamblea que no es fuerza que una cosa u otra cosa, sino que hay que pensar en otra una, algo diferente pero que quedan cabal las dos cosas.

Y entonces no es que se resuelva el problema de la asamblea ni tu problema, sino que ya es otro problema.

Y en el nuevo problema, tienen que pensar los dos, o sea la asamblea y tú.”

Todo el tiempo, la niña había estado sentada, quieta, con su manita apoyando su barbilla, poniendo atención.

Contra su costumbre, el gato-perro también se había estado quieto.

“Defensa Zapatista” quedó en silencio, mirando al suelo fijamente.

No sé mucho de lo que pasa en la cabeza de una niña. De un niño sí, porque tal vez no he madurado a pesar de los kilómetros recorridos. Pero las niñas, aunque ya tengan edad, siguen siendo un misterio que tal vez las ciencias puedan algún día resolver.

De pronto, “Defensa Zapatista” volteó a mirar al Gato-perro, y el susodicho, a su vez, la miró a ella.

La mirada mutua duró sólo unos segundos, y el Gato-perro empezó a brincar, a ladrar y a maullar. La carita de la niña se iluminó y casi gritó:

¡Sí, el Gato-perro!” y empezó a brincar y a bailar junto con el mencionado.

Yo no sólo puse cara de que no entendía nada, en efecto no comprendía a qué venía eso. Pero, resignado, esperé a que “Defensa Zapatista” y el Gato-perro se calmaran, lo que no ocurrió hasta pasados unos minutos que me parecieron eternos.

Al fin se detuvo la algarabía y, aún agitada, la niña me explicó:

¡Es el Gato-perro, Sup! Lo tengo que llevar al Gato-perro a mi mal sueño y lo tengo que llevar a la asamblea y él me va a ayudar y entonces ya va a ser un buen sueño.

Aquí estaba la solución de la problema pero no la había estudiado.

Es el Gato-perro, siempre ha sido el Gato-perro.”

Creo que mi cara de “¡What!” debe haber sido muy evidente, porque “Defensa Zapatista” se sintió obligada a aclararme:

A ver te lo explico Sup: el Gato-perro ¿es gato?, pues no. ¿Es perro?, tampoco. Entonces no es ni una cosa ni otra, sino que es otra una, es un gato-perro. Si lo muestro al Gato-perro en la asamblea, claro lo van a ver que hay que hacer otra cosa, que quedan contentos ambos dos mutuamente de acuerdo”.

Yo no podía entender cómo la asamblea iba a dar, como quien dice, el “salto epistemológico” de esa cosa, o lo que sea el Gato-perro, y la disyuntiva entre el potrero para jugar o el potrero para sembrar. 

Pero parece que a “Defensa Zapatista” eso le tenía sin cuidado.

Al otro día, camino al pueblo, pasé por el potrero. Ya la noche empezaba a nacer del suelo y como quiera seguía el sonido de quienes rasguñaban el muro. Aún había luz suficiente, porque “Defensa Zapatista” estaba en el campo, reunida con un grupo en el que reconocí al viejo caballo choco que la acompaña a veces, al Gato-perro, y al Pedrito. Había también dos hombres, uno bajo y otro alto, a quienes no identifiqué y supuse que eran de la Sexta y que la niña los estaba tratando de incorporar a su siempre incompleto equipo.

Me vio de lejos la niña y me saludó agitando la mano. Correspondí al saludo, dándome cuenta de que “Defensa Zapatista” había resuelto el problema porque reía y corría de un lado a otro, mostrándole al grupo dónde deberían colocarse en un dispositivo que me semejó la figura de un caracol.

Seguí mi camino, recordando el final de aquel día de lágrimas, cuando ya sonriente y con la carita iluminada, “Defensa Zapatista” se despidió:

Ya me voy ya, Sup, me tengo que ir”.

¿Y qué vas a hacer?”, le pregunté.

Ya se alejaba cuando me gritó: “Voy a soñar”.

Mientras esperaba a que se reunieran las compañeros y compañeros para la plática que me tocaba dar, la noche llegó con sus propios pasos y sonidos.

Pensé entonces que tal vez al finado SupMarcos le hubiera gustado estar presente en el sueño de 
“Defensa Zapatista” y así saber cómo argumentó la niña y cuál fue la decisión de la asamblea.

O tal vez estuvo ahí de por sí. Porque, al menos en estas tierras, los muertos andan de un lado a otro. 

Con nosotros ríen y lloran, con nosotros luchan, con nosotros viven.

Muchas gracias.

Desde el CIDECI-Unitierra, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México.

SupGaleano.

México, enero del 2017.

domingo, 1 de enero de 2017

El Gato-Perro y el Apocalipsis

 Fotograma de: https://www.youtube.com/watch?v=K_fFtcxqpkE&t=385s [canal YABASTA PADOVA]


29 de diciembre del 2016.


  Ciencia ficción.

  Recuerden eso: ciencia ficción.  Ya verán que, en sus próximas pesadillas, les ayudará para no angustiarse tanto, o al menos para no angustiarse inútilmente.

  Tal vez recuerden alguna película de ciencia ficción.  Tal vez a alguna, alguno de ustedes, la ciencia ficción los llevó luego al camino de la ciencia científica.

  A mí no, tal vez porque mi película de ciencia ficción favorita es “La Nave de los Monstruos”, con el inolvidable Eulalio González, “el Piporro”, y cuya banda sonora ha sido injustamente excluida de los premios Oscar, los Globos de Oro, o el renombrado y local “Pozol de Barro”.  Tal vez hayan escuchado hablar de ella, es una película de “culto”, según alguna de esas revistas especializadas que nadie lee, ni los que la editan.  Si recuerdan el filme y/o lo ven, de seguro entenderán por qué terminé perdido en las montañas del Sureste Mexicano, y no extraviado en la asfixiante red burocrática que, al menos en México, ahoga la investigación científica.

  Y también celebrarán que haya sido esa película mi referente de ciencia ficción, y no “2001, Odisea del Espacio” de Kubrick, o “Alien, el octavo pasajero” de Riddley Scott (con la teniente Rippley rompiendo el esquema del macho sobreviviente de Charlton Heston en “El Planeta de los Simios”), o “Blade Runer”, también de Ridley Scott, donde la pregunta, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, es el punto nodal.

  Así que al Piporro y su “Estrella del Desello”, y al robot Tor enamorado de una rockola, deben agradecer el que yo no esté de su lado en este encuentro.

  En fin, filias cinéfilas aparte, supongamos una película promedio del género: un apocalipsis en curso o en el pasado; la humanidad entera en peligro; primero un audaz e intrépido varón como protagonista; después, de la mano del feminismo inocuo, una mujer, también audaz e intrépida; un grupo de científicos es convocado a una instalación súper secreta (claro, invariablemente situada en la Unión Americana); un militar de alto rango les explica: deben crear un plan que salve a la humanidad; se hace, pero resulta que necesitan de un individuo o individua que, dicho de paso, anule el trabajo colectivo y, en el último segundo, corte, con unas pinzas que aparecieron inexplicablemente, el cable verde o azul o blanco o negro o rojo en una decisión azarosa, y zás, la humanidad está a salvo; el grupo de científicos aplaude a rabiar; el muchacho o la muchacha encuentran el verdadero amor; el respetable público se retira de la sala, mientras los colados revisan los asientos para ver si alguien dejó, a medio terminar, algún cartón de palomitas, con ese delicioso e inigualable sabor a benzoato de sodio.

  La catástrofe tiene variados orígenes: un meteorito ha cambiado de ruta con la misma constancia de un político haciendo declaraciones sobre el gasolinazo; o un tornado de tiburones; o un planeta desviado de su curso; o un sol irritado y lanzando fuera de su órbita una de esas lenguas ígneas; o una enfermedad proveniente del espacio o de una nave extraterrestre; o un arma biológica que se sale de control y, convertida en gas inodoro, transforma a quien entra en contacto con él y lo transmuta en político profesional o en algo no tan horrible.

  Eso, o el apocalipsis ya es un hecho y un grupo de sobrevivientes deambula sin esperanza, introyectando la barbarie exterior en su comportamiento individual y colectivo, mientras la humanidad agoniza.

  El final puede variar, pero la constante es el grupo de científicos, sea como responsables de la catástrofe, sea como esperanza de salvación, claro, si un chico o chica guapa aparece en el momento oportuno.

  O el desenlace puede ser de interrogante, o de plano modelo “dark azotado” (ya José Alfredo Jiménez nos había advertido que “la vida no vale nada”).

  Bien, tomemos como ejemplo cualquier novela, película o serie de televisión de tema apocalíptico o catastrófico.  Digamos una con tema de moda: zombis.

  Un ejemplo concreto, la serie de televisión “The Walking Dead”.  Para quien no la conoce el argumento es sencillo: por alguna causa sin definir, las personas que mueren, se “convierten” en zombis; el protagonista deambula, se topa con un grupo, establecen una organización jerárquica en continua crisis, y tratan de sobrevivir.  El éxito de la serie pudiera deberse a que muestra a personajes que en situaciones normales son mediocres o parias, y se convierten en heroínas y héroes dispuestos a todo.  Algun@s de ellos:

  Michonne, una ama de casa ninguneada por el marido y los hermanos, convertida en una temible guerrera con katana (interpretada por la actriz y dramaturga Danai Jekesal Gurira y, no es por dárselas a desear, es la única de quien doy el nombre real porque, en el baúl dejado por el SupMarcos encontré una foto de ella en el personaje de Michonne, dedicada de su puño y letra al finado, ¡arrrrroz con leche!).

  Daril, un paria manipulado, transformado en un “tracker” y ballestero temible.  Hasta ahora, el símbolo de la insumisión, la resistencia y la rebeldía.

   Glenn, un repartidor de pizzas vuelto explorador estrella.  El milusos y mil vidas de la serie, hasta que Rickman regresó al comic.

 Maggie, una joven a la que el apocalipsis zombi salva de la vida monótona de la granja y la convierte en líder aún embarazada.

 Carol, una esposa maltratada, transfigurada en la versión femenina de Rambo pero inteligente.

 Carl, un púber que esconde detrás del parche a un asesino serial, como bien dedujo Negan.

 Eugene, el nerd que simboliza la ciencia y pasa a ser, de mitómano, a útil para el colectivo.

 El Padre Gabriel, el religioso convenenciero y oportunista que se reconvierte y se vuelve necesario.

 Tara y Aaron, la lesbiana y el gay que aseguran corrección política a la trama.

 Rosita, mi sueño húmedo preferido, la latina que combina pasión, habilidad y coraje.

 Morgan, el superviviente en modo monje shaolín.

 Sasha, la mujer que muta del rol clásico romántico a la de superviviente realista.

 Y, en la parte alta de la jerarquía, el maltrecho símbolo del orden, Rick, un ex alguacil que difícilmente puede ocultar las inclinaciones fascistas de cualquier policía.

 No sé en qué temporada van.  Desde la quinta dejé de verla porque al películero que me mandaba las ediciones “alternativas” le cayó la justicia y a saber dónde está (lo que es una pena, porque me había prometido hasta la temporada 10, aunque ni siquiera Kirkman sabe si habrá 10 temporadas).  Pero con lo que he alcanzado a ver, me doy cuenta del porqué de su éxito.

 Como quiera, no es difícil seguir la trama, basta revisar los spoliers que se cuelan en twiter en los hashtags respectivos.

 Hace algunas lunas, le pregunté a una compañera qué hubiera pasado si Rick, o cualquiera de los del grupo, supiera con anterioridad que iba a pasar lo que pasó.  Elijo al policía porque parece que es el único que tiene garantizada la supervivencia, al menos en el comic homónimo.

 Rick, ¿se hubiera preparado?, ¿habría construido un bunker y en él acumularía alimentos, medicinas, combustible, armas y municiones, las obras completas de George Romero?

 ¿O tal vez intentaría detener el desastre?

 La compañera, zapatista al fin, me respondió con la misma pregunta: ¿qué pensaba yo que hubiera hecho Rick Grimes?

 No dudé en responderle: nada.  Aun sabiendo lo que iba a pasar, ni Rick, ni cualquiera de los personajes hubieran hecho nada.

 Y eso por una sencilla razón: a pesar de todas las evidencias, seguirían pensando, hasta el minuto previo, que nada malo iba a pasar, que no era para tanto, que alguien en algún lado tendría la solución, que el orden se restablecería, que habría a quien obedecer y a quien mandar, que, en todo caso, la desgracia le pasaría a otros, en otra parte, lejos en geografía o lejos en posición social.

 Pensarían hasta la víspera que la desgracia es algo destinado, no a ellas, ellos, elloas, sino a quienes sobreviven abajo… y a la izquierda.

 Zombis aparte, en la mayoría de esas narraciones apocalípticas, hay uno o varios momentos en que alguien, invariablemente el o la protagonista, cuando todos están rodeados por una horda de zombis, o el meteorito está a poca distancia de sus cabezas, o una situación límite semejante, con serenidad y aplomo dice: “Todo va a salir bien”.

 Y resulta que, en este encuentro, a mí me ha tocado el ingrato papel de aguafiestas.  Así que debo decirles lo que vemos: No, no es una película de ciencia ficción, sino la realidad; y no, no todo va a salir bien, sólo algunas pocas cosas saldrán bien si nos preparamos antes.

 Según nuestros análisis (y hasta ahora no hemos visto a nadie ni nada que los refute, antes bien, los confirman), estamos ya en medio de una crisis estructural que, en términos coloquiales significa imperio de la violencia criminal, catástrofes naturales, carestía y desempleo desenfrenados, escases de servicios básicos, colapso energético, migraciones, hambre, enfermedad, destrucción, muerte, desesperación, angustia, terror, desamparo.

 En suma: deshumanización.

 Un crimen está en curso.  El más grande, brutal y cruel en la breve historia de la humanidad.

 El criminal es un sistema dispuesto a todo: el capitalismo.

 En términos apocalípticos: es una lucha entre la humanidad y el sistema, entre la vida y la muerte.

 La segunda opción, la de la muerte, no se las recomiendo.

 Mejor no se mueran.  No les conviene.  Créanme, yo algo sé de eso porque he muerto varias veces.

 Es muy aburrido.  Como las entradas al cielo y al infierno sufren de una burocracia pesada (aunque no tanto como las de las universidades y centros de investigación), la espera es peor que en un aeropuerto o central de autobuses en épocas decembrinas.

 El infierno es ídem, tienes que organizar encuentros de artes, de ciencias exactas y naturales, de ciencias sociales, de pueblos originarios, y cosas igualmente terribles.  Te obligan a bañarte y peinarte.  Te inyectan y te fuerzan a comer sopa de calabazas todo el tiempo.  Tienes que escuchar a Peña Nieto y a Donald Trump en una conferencia de prensa sin fin.

 El cielo, por su parte, es igual, sólo que ahí tienes que soportar el coro monótono de unos ángeles descoloridos, y todos te dan largas si lo quieres hablar al dios para quejarte de la música.

 En resumen; digan no a la muerte y sí a la vida.

 Pero no se engañen.

 Van a tener que luchar todos los días, a todas horas y en todo lugar.

 En esa lucha, tarde o temprano, se darán cuenta de que sólo en colectivo tendrán posibilidades de triunfar.

 Y, aun así, verán que necesitan también las artes, y que nos necesitan también a nosotras, y a otros, otras, otroas como nosotros.

 Organícense.

 Como zapatistas que somos no sólo no les pedimos que abandonen su práctica científica, les demandamos que continúen en ella, que la profundicen.

 Sigan explorando éste y otros mundos, no se detengan, no desesperen, no se rindan, no se vendan, no claudiquen.

 Pero también les pedimos que busquen las artes.  Aunque parezca lo contrario, ellas “anclarán” su quehacer científico en lo que tienen en común: la humanidad.

 Disfruten la danza en cualquiera de sus versiones.  Tal vez al inicio no puedan evitar enmarcar los movimientos en las leyes de la física, pero después sentirán, punto.

 Vayan más allá de la geometría, la teoría del color y la neurología y gocen la pintura y la escultura.

 Resistan la tentación de encontrarle lógica científica a ese poema, a esa novela, y dejen que las
palabras les descubran galaxias que sólo en las artes viven.

 Ríndanse ante la falta de sustento científico en las historias que en teatro y cine se asoman a lo humano imperfecto, voluble e impredecible.

 Y así con todas las artes.

 Ahora imaginen que no es su cotidianeidad de ustedes, sino esas artes las que están en peligro de extinción.

 Imaginen a personas, no estadísticas, hombres, mujeres, niños, ancianos, con un rostro, una historia, una cultura, amenazadas con el aniquilamiento.

 Véanse en esos espejos.

 Entiendan que no se trata de luchar por ellas o en su lugar, sino con ellas.

 Véanse a sí mismas, a sí mismos, como los vemos nosotras, nosotros, zapatistas.

 La ciencia no es su límite, su peso muerto, su carga inútil, la actividad que deben ejercer en la clandestinidad u ocultándose en el closet de las academias y los institutos.

 Entiendan ya lo que ya entendimos nosotros: que, como científicas y científicos, ustedes luchan por la humanidad, es decir, por la vida.

-*-

 Ayer nos explicaba el Subcomandante Insurgente Moisés, que los pueblos son ya, y desde hace décadas, nuestros maestros, nuestros tutores.  Que el interés por las ciencias es nuevo en el zapatismo.  Que ha sido incitado por las nuevas generaciones, por las jóvenas y jóvenes zapatistas que quieren saber más y mejor de cómo es el mundo.  Que de los pueblos organizados salió el novísimo empujón que nos tiene frente a ustedes.

 Cierto.  Pero lo que no es nuevo en el zapatismo es la lucha por la vida.

 Aun en la disposición y planes frente a la muerte, tuvimos desde el inicio la preocupación por la vida.

 Los que tienen más edad, o interés a pesar de la edad, pueden conocer lo que fue el alzamiento: la toma de las 7 cabeceras municipales; los bombardeos, los choques con las fuerzas militares, la desesperación del gobierno al ver que no podía derrotarnos, el levantamiento civil que lo obligó a detenerse, lo que le ha seguido en estos ya casi 23 años.

 Lo que tal vez no conozcan, es lo que le voy a contar a continuación:

 Nos preparamos para matar y morir, eso ya se los resumió el Subcomandante Insurgente Moisés. 

Entonces teníamos dos opciones frente nuestro: el país se incendiaba o nos aniquilaban.  Imaginen nuestro desconcierto cuando no ocurrió ni una ni otra cosa, pero eso es otra historia para la que tal vez habrá ocasión.

 Dos opciones, pero ambas tenían como común denominador la muerte y la destrucción.  Aunque no lo crean, lo primero que hicimos fue prepararnos para vivir.

 Y no me refiero a quienes combatimos, a quienes los conocimientos de resistencia de materiales nos sirvieron para tomar abrigo y cubierta en combates y bombardeos; o a los conocimientos que permitieron a las insurgentas de sanidad salvar la vida de decenas de zapatistas.

 Hablo de las bases de apoyo zapatistas, ésas a quienes, como explicó anoche el Subcomandante Insurgente Moisés, les debemos el camino, el paso, el rumbo y el destino como zapatistas que somos, así como les debemos el interés por las artes, las ciencias, y el esfuerzo por incluirnos con trabajadores del campo y de la ciudad, el cuartel mundial de lucha, de resistencia y rebeldía que se llama “Sexta”.

 Desde algunos años previos a ese primero de enero aparentemente ya lejano, en las comunidades zapatistas se formaron los llamados “batallones de reserva”.

 La misión que se les encomendó fue la más importante del gigantesco operativo que llevó al combate a miles de combatientes: sobrevivir.

 Durante meses se les dio instrucción.  Miles de niños, niñas, mujeres, hombres y ancianos se entrenaron para protegerse de las balas y las bombas, para reunirse y replegarse en orden en caso de que el ejército atacara o bombardeara los poblados, para colocar depósitos de comida, agua y medicinas que les permitieran sobrevivir en las montañas durante mucho tiempo.

 “No morir” era la orden única que debían acatar.

 La que teníamos quienes salimos a combatir era: “No rendirse, no venderse, no claudicar”.

 Cuando regresamos a las montañas y nos reencontramos con nuestros pueblos, fusionamos las dos órdenes y las convertimos en una sola: “luchar por construir nuestra libertad”.

 Y acordamos hacerlo con todas, con todos, con todoas.

 Y acordamos que, si no era posible hacerlo en este mundo, entonces haríamos otro mundo, uno más grande, uno mejor, uno donde quepan todos los mundos posibles, los que ya hay y los que aún no imaginamos pero que ya están en las artes y las ciencias.

 Muchas gracias.

Desde el CIDECI-Unitierra.


SupGaleano.

México, diciembre del 2016.


 Del cuaderno de Apuntes del Gato-Perro.

“La Carencia”

 Estaba yo en mi champa, revisando y analizando algunos videos de las jugadas de Maradona y de Messi.

 Como si fuera una premonición, llegó rebotando una pelota hasta el interior.  Detrás de ella llegó “Defensa Zapatista”, entrando sin avisar ni pedir permiso.  Detrás de la niña, entró el mentado gato-perro.

 “Defensa Zapatista” tomó el balón y se acercó a mirar por encima de mi hombro.  Yo estaba demasiado ocupado tratando de evitar que el gato-perro se comiera el ratón de la computadora, así que no me di cuenta de que la niña miraba con interés los videos.

 “Oí Sup”, me dijo, “¿tú lo crees que son muy muy el Maradona y el Messi?

 Yo no respondí.  Por experiencia sé que las preguntas de Defensa Zapatista o son retóricas, o no le interesa saber qué respondo.

 Ella siguió:

 “Pero no lo estás viendo bien el asunto”, dijo, “por más que mucho de arte y de científicos, los dos tienen una gran carencia”.

 Sí, así dijo: “carencia”.  Yo ahí sí la interrumpí y le pregunté: “¿Y tú de dónde la sacaste esa palabra o dónde la aprendiste?

 Me respondió indignada: “Me la dijo el Pedrito, el muy maldito.  Me dijo que no podía jugar fútbol porque las niñas tienen una carencia de técnica”.

 “Yo me embravecí y le di un zape, porque no lo sé qué cosa quiere decir esa palabra y qué tal que es una grosería.  Claro, el muy maldito de Pedrito fue a acusarme con la promotora de educación y me llamaron.  Yo lo expliqué a la maestra como quien dice la situación nacional y de internacional, que está cabrón de la Hidra y todo.  Y como la promotora entendió que tenemos que apoyarnos como mujeres que somos, no me regañaron, pero me pusieron a buscar qué cosa quiere decir “carencia”.  Y yo pues pensé que es mejor ese castigo a que me manden a comer sopa de calabaza”.

 Yo asentí comprensivo, mientras trataba de quitarle el mouse de la boca al gato-perro.

 “Pues total, que lo fui a buscar en el internet de la Junta de Buen Gobierno qué cosa es “carencia” y ahí nomás lo vi que es una canción de los musiqueros de lucha, que es bien alegre y todos se ponen a bailar y a brincar como que se metieron a donde hay hormiga arriera.  Entonces fui con la promotora de educación y ya le dije que “carencia” es una canción que dice: “Por la mañana yo me levanto, no me dan ganas de ir a estudiar”.  La promotora se río y dijo “será a trabajar”.  Entonces le dije que las músicas son según cada quien y según su problema que tiene.  O sea que le di la explicación política, pero creo ella no entiende, porque sólo se ríe.  Y entonces que me manda de vuelta, que no la canción, sino que tengo que saber qué quiere decir la palabra.  Y anda vete, ahí voy de vuelta y tengo que esperar que el que está de guardia en la Junta lo manda una denuncia, y entonces ya pude entrar yo y ahí lo miré que “carencia” quiere decir que te falta algo.  Y voy otra vuelta con la promotora y ya le dije, y entonces ella me dijo que ya vi que no es grosería y me felicitó, pero como ahí estaba el Pedrito de metiche, le di otro zape, por andar diciéndome que me falta la técnica.  Y entonces pues la promotora dijo que le va a decir a mis mamaces que así estoy haciendo, entonces pues me vine a esconder aquí porque lo sé que a ti no hay quien te viene a ver”.

 Yo encajé la puya con heroísmo, pues logré al fin arrebatarle el ratón al gato-perro.

 “Defensa Zapatista” siguió su perorata:

 “Pero no preocupas Sup, antes de entrar, primero me asomé para ver si no estás viendo fotos de mujeres encueradas que, errrr, de una vez, Sup, no se puede creer, y como quiera no te voy a acusar con el colectivo de “Como mujeres que somos”, pero claro te digo que no sirve así como haces, porque eso quiere decir que tienes carencia de mamaces, o sea que, como dice el SubMoy cuando se embravece, no tienes madre”.

 Yo aclaro aquí que no es cierto lo que dice “Defensa Zapatista”, lo que pasa es que estaba yo tomando un curso por correspondencia de anatomía.

 Como quiera, antes de que la niña siguiera balconeándome, le pregunté por qué decía que Maradona y Messi tenían una gran carencia.

 Ella ya casi estaba en el dintel de la puerta cuando me respondió:

 “Porque les falta algo que es lo más importante: ser mujeres”.

-*-



“Un Viaje Interestelar”

 Entre el montón de papeles y dibujos que dejó en difunto SupMarcos, encontré esto que a continuación les leo.  Es una especie de borrador o apuntes para un guion, o algo así, de una supuesta película de ciencia ficción.  Se llama:

“¿Hacia dónde la Mirada?”

 Planeta Tierra. Algún año lejano en el futuro, digamos 2024.  Entre los nuevos destinos turísticos, ahora se puede viajar al espacio y dar la vuelta al mundo en un satélite adaptado “ad hoc” para ese fin.  La nave espacial es una réplica en escala del satélite lunar, con un gran ventanal que da vista, todo el tiempo del viaje, a la Tierra.  En el lado contrario, digamos la parte posterior, hay una especie de claraboya, del tamaño de una ventana casera, que da siempre vista hacia el resto de la galaxia.  Los turistas, de todos los colores y nacionalidades, se agolpan en el ventanal que mira hacia el planeta de origen.  Se toman selfies y trasmiten en stream a sus familiares y amistades las imágenes del mundo, “azul como una naranja”.  Pero no todos los viajeros están de ese lado.  Al menos cuatro personas están frente a la ventana contraria.  Se han olvidado de sus respectivas cámaras y miran extasiados el abigarrado collage de cuerpos celestes: el serpenteante trazo de luz polvosa de la Vía Láctea, el rutilante destello de estrellas que tal vez ya no existan, la danza frenética de astros y planetas.

 Una de las personas es artista; no está inmóvil, en su cerebro imagina notas y ritmos, líneas y colores, movimientos, secuencias, palabras, representaciones inertes o móviles; sus manos y dedos se mueven involuntariamente, sus labios balbucean palabras y sonidos incomprensibles, cierra y abre los ojos continuamente.  Las artes miran lo que miran y miran lo que puede llegar a ser mirado.

 Otra de las personas es científica; nada de su cuerpo se mueve, mira fijamente no las luces y colores cercanos, sino las más lejanas; en su cerebro imagina galaxias impensadas, mundos inertes y vivos, estrellas naciendo, hoyos negros insaciables, naves interplanetarias sin banderas.  Las ciencias miran lo que miran y miran lo que puede llegar a ser mirado.

 La tercera de las personas es indígena, de estatura menor, de tez oscura y rasgos ancestrales, mira y toca la ventana.  Su mente y cuerpo cargan sobre el sólido material transparente.  En su cerebro imagina el camino y el paso, la velocidad y el ritmo; imagina un destino en continua mutación.  Los pueblos originarios miran lo que miran y miran la vida que puede llegar a ser creada para ser mirada.

 La cuarta de las personas es zapatista, de complexión y tez cambiante, mira a través y toca delicadamente con su mano el cristal, saca su cuaderno de apuntes y empieza a escribir frenéticamente. En su cerebro empieza a hacer cuentas, listas de tareas, trabajos a emprender, traza planos, sueña.  El zapatismo mira lo que mira y mira el mundo que será necesario construir para que las artes, las ciencias y los pueblos originarios puedan realizar sus miradas.

 Al término del viaje, mientras los demás viajeros adquieren los últimos souvenirs en las tiendas “duty free”, la persona artista corre a su estudio, o lo que sea, para que su mirada sea sentida por otros, otras, otroas; la persona científica convoca inmediatamente a otras y otros científicos porque hay teorías y fórmulas que hay que proponer, demostrar, aplicar; la persona indígena se reúne con sus semejantes y les cuenta lo mirado, para que, en colectivo, la mirada defina el camino, el paso, la compañía, el ritmo, la velocidad y el destino.

 La persona zapatista va su comunidad, en la asamblea del pueblo explica y detalla todo lo que hay que hacer para que la artista, la científica y la indígena puedan viajar.  La asamblea lo primero que hace es criticar la historia o cuento o guion o como se diga, porque falta poner a los trabajadores del campo y la ciudad.  Se propone entonces que una comisión le haga una carta al finado SupMarcos para que ponga en el cuento al quinto elemento, o sea al gato-perro, que porque ya se comió el cable del internet y dos usb´s de los Tercios Compas, y se la pasa persiguiendo el mouse de la computadora, así que mejor se lo lleven; y que ponga, como sexto elemento, a la Sexta también, porque sin la sexta no está cabal la historia.  Aprobado eso, la asamblea propone, discute, agrega y quita, planea los tiempos, distribuye los trabajos, vota el acuerdo general y nombra las comisiones para cada tarea.

 Antes de que se dé por terminada la asamblea y cada quien vaya al trabajo que le corresponde, una niña pide la palabra.

 Sin pasar al frente, parada casi al fondo de la casa comunal, la niña se esfuerza por elevar la voz y dice: “yo propongo que en la lista de cosas que les van a dar para que llevan, pongan una pelota y una bola de pozol”.

 El resto de la asamblea estalla en risas.  El SubMoy, que es quien está en la mesa que coordina la reunión, llama al respeto.  Conseguido el silencio, el SubMoy le pregunta a la niña cómo se llama.  La niña responde “Yo me llamo Defensa Zapatista” y pone su mejor cara de “no pasarán, manque sean extraterrestres”.  El SubMoy entonces le pregunta a Defensa Zapatista por qué propone eso.

 La niña se sube a la banca de madera y argumenta:

 “La pelota es porque si no van a poder jugar, pues de balde van a donde quieren ir.  Y la bola de pozol es para agarran “juerza” y no se desmayan en el camino.  Y también para que allá, lejos, donde están los otros mundos, no se olvidan de dónde salieron”.

 La propuesta de la niña es aprobada por aclamación.

 El SubMoy está a punto de dar por terminada la reunión, cuando “Defensa Zapatista” levanta su manita pidiendo de nuevo la palabra.  Se le concede.

 La niña habla mientras, con un brazo, sostiene un balón de fútbol, y con el otro abraza un animalito que parecer ser un perro… o un gato, o un gato-perro:

 “Sólo les quiero decir que no hemos completado el equipo, pero no preocupan, ya vamos a ser más, de repente dilata, pero ya vamos a ser más”.

Doy fe.

Guau-miau.