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miércoles, 6 de octubre de 2021

La Travesía por la Vida: ¿A QUÉ VAMOS?

 

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La Travesía por la Vida: ¿A QUÉ VAMOS?

Junio del 2021.

  Una aclaración: Muchas veces, cuando nosotros usamos el “los zapatistas” no nos estamos refiriendo a los varones, sino a los pueblos zapatistas.  Y cuando nosotras usamos “las zapatistas”, no describimos a las mujeres, sino a las comunidades zapatistas.  Así que encontrará usted ese “salto” de género en nuestra palabra.  Cuando nos referimos al género, siempre agregamos “otroa” para señalar la existencia y lucha de quienes no son ni hombres ni mujeres (y que nuestra ignorancia en el tema nos impide detallar –pero ya aprenderemos a nombrar todas las diferencias-).

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  Ahora bien, lo primero que tiene usted qué saber o entender es que los zapatistas, cuando vamos a hacer algo, nos preparamos primero para lo peor.  Se parte de un final de fracaso, y, en sentido inverso, nos preparamos para enfrentarlo o, en el mejor de los casos, evitarlo.

  Por ejemplo, imaginamos que nos atacan, las masacres de rigor, el genocidio vestido de civilización moderna, el exterminio total.  Y nos preparamos para esas posibilidades.  Bueno, para el Primero de Enero de 1994, no imaginamos la derrota, la asumimos como una certeza.

  En fin, que tal vez eso le ayude a usted a entender el por qué de nuestro pasmo inicial, nuestros titubeos y una improvisación desconcertante cuando, después de mucho tiempo, trabajo y preparación para la ruina, nos encontramos con que… vivimos.

  A partir de ese escepticismo es que se desarrollan nuestras iniciativas.  Algunas pequeñas, otras más grandes, delirantes todas, nuestras convocatorias siempre van dirigidas a “lo otro”, lo que está más allá de nuestro horizonte cotidiano, pero que reconocemos como algo que es necesario en la lucha por la vida, es decir, en la lucha por la humanidad.

  En esta iniciativa o apuesta o delirio o sinrazón, por ejemplo, en su versión marítima nos preparamos para que el Kraken, una tormenta o una ballena blanca extraviada hicieran naufragar la embarcación, por eso fabricamos cayucos -y viajaron con el Escuadrón 421 en La Montaña hasta llegar a Vigo, Galicia, Estado Español, Europa-.

  También nos preparamos para no ser bienvenidos, por eso buscamos antes el consenso para la invasión, es decir, la visita… Bueno, de eso de ser “bienvenidos” no estamos muy seguros todavía.  Para más de uno, una, unoa, nuestra presencia es perturbadora, por decir lo menos, cuando no francamente irruptora.  Y lo entendemos, puede ser que a alguien, después de un año o más de estar en confinamiento, le resulte al menos inoportuno que un grupo de indígenas de raíz maya, tan poca cosa como productores y consumidores de mercancías (electorales y no), pretenda platicar en persona.  ¡En persona! (¿recuerda usted que antes eso era parte de su cotidianeidad?).  Y, además, que tenga como misión principal el escucharle a usted, llenarlo de preguntas, compartir pesadillas y, claro, sueños.

  Nos preparamos para que los malos gobiernos, de uno y otro lado, nos impidan u obstaculicen la salida y la llegada, por eso algún@s zapatistas ya estábamos en Europa… Ups, no debí escribir eso, bórrenlo.  Ya sabemos que el gobierno mexicano no pondrá obstáculos.  Falta ver qué dicen y hacen los demás gobiernos europeos –porque Portugal y el Estado Español no se opusieron-.

  Nos preparamos para que fracase la misión, es decir, que se convierta en un evento mediático y, por lo mismo, fugaz e intrascendente.  Por eso primordialmente aceptamos las invitaciones de quienes quieren escuchar y hablar, o sea platicar.  Porque nuestro objetivo principal no son los actos masivos –aunque no los excluimos-, sino el intercambio de historias, conocimientos, sentimientos, valoraciones, retos, fracasos y éxitos.

  Nos prepararemos para que falle el avión, por eso fabricamos paracaídas con bordados de muchos colores para que, en lugar de un “Día D” en Normandía (oh, oh, ¿quiere decir eso que el desembarco aéreo sería en Francia?… ¿eh?… ¡¿en París?!), sea un “Día Z” para la Europa de abajo, y parecerá entonces que del cielo, llueven flores como si Ixchel, diosa madre, diosa arcoíris, nos acompañara y, de su mano y con su vuelo, abrir un segundo frente para la invasión.  Y más seguro porque ahora, gracias a la Galicia de abajo, el escuadrón 421 ha logrado afianzar una cabeza de playa en las tierras de Breogán.

  En suma, siempre nos preparamos para fracasar… y para morir.  Por eso la vida, para el zapatismo, es una sorpresa que hay que celebrar todos los días, a todas horas.  Y qué más que mejor si es con bailes, música, artes.

 

 


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  Durante todos estos años hemos aprendido muchas cosas.  Acaso la más importante es darnos cuenta de lo pequeños que somos.  Y no me refiero a estatura y peso, sino al tamaño de nuestro empeño.  Los contactos con personas, grupos, colectivos, movimientos y organizaciones de diferentes partes del planeta, nos han mostrado un mundo diverso, múltiple y complejo.  Con esto se ha reforzado nuestra convicción de que toda propuesta de hegemonía y homogeneidad no sólo es imposible, es, sobre todo, criminal.

  Porque los intentos -no pocas veces ocultos detrás de nacionalismos de cartón piedra en los escaparates del mall de la política electoral-, de imposición de modos y miradas, son criminales porque pretenden el exterminio de diferencias de todo tipo.

  Lo otro es el enemigo: la diferencia de género, racial, de identidad sexual o asexual, de lengua, de color de piel, de cultura, de credo o descredo, de concepción del mundo, de físico, de estereotipo de belleza, de historia.  Contando con todos los mundos que en el mundo son, prácticamente hay tantos enemigos, actuales o potenciales, como seres humanos.

  Y podríamos decir que casi cualquier afirmación de identidad es una declaración de guerra para lo diferente.  He dicho “casi”, y a ese “casi” nos aferramos como zapatistas que somos.

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  Según nuestros modos, nuestros calendarios y en nuestra geografía, hemos llegado a la conclusión de que siempre es posible que la pesadilla empeore.  La pandemia del llamado “Coronavirus” no es el apocalipsis.  Es sólo su preludio.  Si los medios de comunicación y las redes sociales nos querían tranquilizar, antes, “informando” sobre la extinción de un glaciar, de un terremoto, de un tsunami, de una guerra en una parte lejana del planeta, del asesinato de otro indígena por paramilitares, de una nueva agresión a Palestina o al pueblo mapuche, de la brutalidad gubernamental en Colombia y Nicaragua, de imágenes de campos de migrantes que son de otro lugar, otro continente, otro mundo, y así nos convencen de que eso “pasa en otro lado”; en tan sólo unas semanas, la pandemia demostró que el mundo puede ser apenas una pequeña parroquia egoísta, necia y vulnerable.  Los distintos gobiernos nacionales son las pandillas que pretenden controlar, con violencia “legal”, una calle o un barrio, pero el “capo” que controla todo es el capital.

  En fin, que se vienen cosas peores.  Pero eso usted ya lo sabía, ¿no?  Y si no, pues ya va siendo hora de que se entere.  Porque, además de tratar de convencerle de que las penas y las desgracias siempre serán ajenas (hasta que dejan de serlo y se sientan con usted a la mesa, le perturban el sueño y le dejan sin lágrimas), le dicen que la mejor forma de enfrentar esas amenazas es individualmente.

  Que el mal se evita alejándose de él, construyendo su mundo estanco, y haciéndolo cada vez más estrecho hasta que sólo cabe el “yo, mi, me, conmigo”.  Y para eso, pues le ofrecen “enemigos” a modo, siempre con un flanco débil y al que es posible derrotar adquiriendo, oiga usted, este artículo que, mire qué casualidad, por esta única ocasión, tenemos en oferta y podrá usted adquirirlo y recibirlo en la puerta de su bunker en cuestión de horas, días… o semanas, porque la máquina ha descubierto, oh sorpresa, que la paga depende también de la circulación de las mercancías, y que, si ese proceso se detiene o aletarga, la bestia sufre… así que también es negocio su distribución y reparto.

  Pero, como zapatistas que somos, hemos estudiado y analizado.  Y queremos confrontar las conclusiones a las que hemos llegado, con científicos, artistas, filósofos y analistas críticos de todo el mundo.

  Pero no sólo, también y especialmente con quienes, en la cotidianidad de sus luchas, han padecido y advertido las desgracias por venir.  Porque, en lo que a lo social se refiere, tenemos en alta estima el análisis y la valoración de quien se juega el pellejo en el combate contra la máquina, y somos escépticos de la de quien, desde la óptica externa, opina, valora, aconseja, juzga y condena o absuelve.

  Pero, ojo, consideramos que esa mirada crítica “outsider” es necesaria y vital, porque permite ver cosas que no se miran en el fragor de la lucha y, atención, aporta conocimientos sobre la genealogía de la bestia, sus transformaciones y su funcionamiento.

  En fin, que queremos hablar y, sobre todo, escuchar a quien se ponga a modo.  Y no nos importa su color, tamaño, raza, sexo, religión, militancia política o traspié ideológico, si es que coincide en el retrato hablado de la máquina asesina.

  Porque si, cuando hablamos del criminal, alguien lo identifica con el destino fatídico, la mala suerte, “el orden natural de las cosas”, el enfado divino, la desidia o el desenfado, pues ahí no tenemos ningún interés en escuchar ni en hablar.  Para conocer esas explicaciones basta con ver telenovelas y acudir a las redes sociales en busca de confirmación.

  Es decir, creemos haber establecido quién es el criminal, su modus operandi y el crimen en sí.  Estas 3 características se sintetizan en un sistema, es decir, en una forma de relacionarse con la humanidad y con la naturaleza: el capitalismo.

  Sabemos que es un crimen en curso y que su consecución será desastrosa para el mundo entero.  Pero no es ésa la conclusión que nos interesa corroborar, no.

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  Porque resulta que, también estudiando y analizando, hemos descubierto algo que puede ser o no importante.  Depende.

  Dando por sentado que este planeta será aniquilado, al menos como hasta ahora lo percibimos, hemos estado investigando sobre las posibles opciones.

  Es decir, el barco se hunde y allá arriba dicen que no pasa nada, que es pasajero.  Sí, como cuando el buque-tanque Prestige naufragó frente a costas europeas (2002) – Galicia fue testigo y víctima primera-, y las autoridades empresariales y gubernamentales decían que apenas unos chorritos de combustible se habían derramado.  El desastre no lo pagaron ni el Mandón, ni sus capataces y mayorales.  Lo pagaron, y lo siguen pagando, los poblados que viven de la pesca en esas costas.  Ellos y sus descendientes.

  Y por “Barco” nos referimos al planeta homogeneizado y hegemonizado por un sistema: el capitalismo.  Claro, podrán decir que “ése no es nuestro barco”, pero el hundimiento en curso no es sólo de un sistema, sino del mundo entero, completo, total, hasta el rincón más apartado y aislado, y no sólo el de sus centros de Poder.

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  Entendemos que alguien piense, y actúe en consecuencia, que es posible todavía remendar, parchar, pintar un poco aquí y allá, remozar la embarcación.  Mantenerla a flote como sea, incluso vendiendo la fantasía de que son posibles megaproyectos que no sólo no aniquilen poblados enteros, también que no afecten a la naturaleza.

  Que existan personas que piensen que basta con estar muy decididos y echarle ganas al maquillaje (al menos hasta que pasen los procesos electorales).  Y que crean que la mejor respuesta a los reclamos de “Nunca mais” -que se repiten en todos los rincones del planeta-, sean promesas y dinero, programas políticos y dinero, buenas intenciones y dinero, banderas y dinero, fanatismos y dinero.  Que sean fieles creyentes de que los problemas del mundo se reducen a la falta de dinero.

  Y el dinero necesita carreteras, grandes proyectos civilizatorios, hoteles, centros comerciales, fábricas, bancos, mano de obra, consumidores,… policías y ejércitos.

  Las así llamadas “comunidades rurales” son clasificadas como “carentes de desarrollo” o “atrasadas” porque la circulación de dinero, es decir de mercancías, es inexistente o muy reducida.  No importa que, por ejemplo, su tasa de feminicidios y de violencia de género sea menor comparada con la de las urbes.  Los logros gubernamentales se miden por la cantidad de zonas destruidas y repobladas por productores y consumidores de mercancías, gracias a la reconstrucción de ese territorio.  Donde antes había una milpa, un manantial, un bosque, ahora hay hoteles, centros comerciales, fábricas, termoeléctricas,… violencia de género, persecución de la diferencia, narcotráfico, infanticidios, tráfico de personas, explotación, racismo, discriminación.  En suma: c-i-v-i-l-i-z-a-c-i-ó-n.

  Su idea es que la población campesina se convierta en empleada de esa “urbanización”.  Seguirán viviendo, trabajando y consumiendo en su localidad, pero el dueño de todo su entorno es un conglomerado industrial-comercial-financiero-militar cuya sede está en el ciberespacio y para quien ese territorio conquistado es sólo un punto en el mapa, un porcentaje de ganancias, una mercancía.  Y el resultado real será que la población originaria tendrá que migrar, porque el capital llegará con sus propios empleados “calificados”.  A la población originaria le tocará regar jardines y limpiar estacionamientos, locales y albercas donde antes había campos de cultivo, bosques, costas, lagunas, ríos y manantiales.

  Lo que se oculta es que, detrás de las expansiones (“guerras de conquista”) de los Estados -sean internas (“incorporando a más población a la modernidad”), o sean externas con distintas coartadas (como la del gobierno de Israel en su guerra contra Palestina)-, hay una lógica común: la conquista de un territorio por la mercancía, es decir por el dinero, es decir por el capital.

  Pero entendemos que esa gente, para poder llegar a ser el cajero que administre los pagos y cobros que le dan vida a la máquina, forme partidos políticos electorales, frentes -amplios o estrechos- para disputar el acceso al gobierno, alianzas y rupturas “estratégicas”, y todos los matices en los que se empeñan esfuerzos y vidas que, detrás de pequeños éxitos, esconden grandes fracasos.  Una pequeña ley por ahí, una interlocución oficial aquí, una nota periodística allá, un tuit más acá, un like acullá, y sin embargo, por poner un ejemplo de un crimen mundial en curso, los feminicidios van en aumento.  En el entretanto sube la izquierda y baja, sube la derecha y baja, sube el centro y baja.  Como cantaba la inolvidable malagueña Marisol, “la vida es una tómbola”: todos (arriba) ganan, todas (abajo) pierden.

  Pero la “civilización” es sólo una coartada endeble para una destrucción brutal.  El veneno sigue brotando (ya no del Prestige –o no sólo de ese navío-), y el sistema entero parece estar dispuesto a intoxicar hasta el último rincón del planeta, porque son más rentables la destrucción y la muerte que detener la máquina.

  Estamos seguros que usted podrá agregar más y más ejemplos.  Botones de muestra de una pesadilla irracional y, sin embargo, actuante.

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  Entonces, desde hace varias décadas nos hemos concentrado en buscar alternativas.  La construcción de balsas, cayucos, lanchas, y aún de embarcaciones más grandes  (la 6ta como improbable arca), tienen un horizonte bien definido.  En algún lugar habrá que desembarcar.

  Leímos y leemos.  Estudiamos y lo seguimos haciendo.  Analizamos antes y ahora.  Abrimos el corazón y la mirada, no a ideologías actuales o pasadas de moda, sino a las ciencias, a las artes y a nuestras historias como pueblos originarios.  Y con esos conocimientos y herramientas, nos hemos encontrado con que hay, en este sistema solar, un planeta que podría ser habitable: el tercero del sistema solar y que, hasta ahora, aparece en los libros escolares y científicos con el nombre de “La Tierra”.  Para más referencia, está entre Venus y Marte.  Es decir, según ciertas culturas, está entre el amor y la guerra.

  El problema es que ese planeta es ya un montón de escombros, pesadillas reales, y horrores tangibles.  Es poco lo que queda en pie.  Incluso la tramoya que oculta la catástrofe se agrieta.  Entonces, pues, ¿cómo les diré?, el asunto no es conquistar ese mundo y disfrutar de lo placeres de quien vence.  Es más complicado y requiere, ése sí, un esfuerzo mundial: hay que hacerlo de nuevo.

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  Ahora bien, según las grandes producciones fílmicas de Hollywood, la salida frente a la catástrofe mundial (siempre algo externo –alienígenas, meteoros, pandemias inexplicables, zombis parecidos a candidatos a algún puesto público-), es producto de una unión de todos los gobiernos del mundo (encabezados por los gringos)… o, peor, del gobierno estadunidense sintetizado en un individuo, o individua (porque la máquina ya aprendió que la farsa debe ser incluyente), que puede tener las características raciales y de género políticamente correctas, pero lleva en su pecho la marca de la Hidra.

  Pero, lejos de esas ficciones, la realidad nos muestra que todo es negocio: el sistema produce la destrucción y te vende los boletos para que huyas de ella… al espacio.  Y de seguro, en las oficinas de las grandes corporaciones, hay brillantes proyectos de colonización interestelar…  con la propiedad privada de los medios de producción incluida.  Es decir, el sistema se traslada, íntegro, a otro planeta.  El “all included” se refiere a quienes trabajan, a quienes viven sobre de quienes trabajan y a su relación de explotación.

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  Pero a veces no sólo miran al espacio.  El capitalismo “verde” pugna por zonas “protegidas” en el planeta.  Burbujas ecológicas donde pueda resguardarse la bestia mientras el planeta se cura de los mordiscos (lo cual tomaría apenas unos cuantos millones de años).

  Cuando la máquina habla de “un nuevo mundo” o “de humanizar el planeta”, está pensando en territorios a conquistar, despoblar y destruir, para luego repoblar y reconstruir con la misma lógica que ahora tiene al mundo entero frente al abismo, siempre dispuesto a dar el paso adelante que el progreso demanda.

  Usted podrá pensar que no es posible que alguien sea tan imbécil como para destruir la casa donde vive.  “La rana no bebe toda el agua del charco que habita”, dicen que dice un proverbio del pueblo originario Sioux.  Pero si usted pretende aplicar una lógica racional al funcionamiento de la máquina, no entenderá (bueno, tampoco la máquina).  De nada sirven valoraciones morales y éticas.  La lógica de la bestia es la ganancia.  Claro, ahora usted podrá preguntarse cómo es posible que una máquina irracional, inmoral y estúpida rija los destinos de todo un planeta.  Ah, (suspiro), eso está en su genealogía, en su esencia misma.

  Pero, dejando de lado el imposible ejercicio de dotar de racionalidad a lo irracional, llegará usted a la conclusión de que es preciso destruir ese engendro que no, no es diabólico.  Desgraciadamente es humano.

  Y, claro, usted estudia, lee, confronta, analiza, y descubre que hay grandes propuestas para salir adelante.  Desde las que proponen afeites y maquillajes, hasta las que recomiendan clases de moral y lógica para la bestia, pasando por nuevos o viejos sistemas.

  Sí, le entendemos, la vida es una mierda y siempre es posible refugiarse en ese cinismo tan sobrevalorado en las redes sociales.  El finado SupMarcos decía: “lo malo no es que la vida sea una mierda, sino que te obligan a comerla y todavía esperan que lo agradezcas”.

  Pero supongamos que no, que usted sabe que, en efecto, la vida apesta, pero su reacción no es la de replegarse en sí mismo (o en su “mundo”, eso depende del número de sus “seguidores” en las redes sociales habidas y por haber).  Y entonces usted decide abrazar, con fe, esperanza y caridad, alguna de las opciones que se le presentan.  Y elige la mejor, la más grande, la de más éxito, la más famosa, la que va ganando… o la que le queda cerca.

  Grandes proyectos de nuevos y viejos sistemas políticos.  Retrasos imposibles del reloj de la historia.  Nacionalismos patrioteros.  Futuros compartidos a fuerza de que tal opción tome el Poder y se mantenga en él hasta que todo se solucione.  ¿Su grifo gotea?, vote por tal.  ¿Mucho ruido en el vecindario?, vote por cual.  ¿Subió el costo de transporte, alimentos, medicinas, energía, escuelas, ropa, diversión, cultura?, ¿Le teme a la migración?, ¿Le incomodan las personas de piel oscura, las creencias distintas, las lenguas incomprensibles, las diferentes estaturas y complexiones?, vote por…

  Incluso los hay quienes no difieren del objetivo, sino del método.  Y luego repiten arriba lo que criticaron abajo.  Con malabares asquerosos y argumentando estrategias geopolíticas, se apoya a quien se reitera en el crimen y la estupidez.  Se demanda que los pueblos aguanten opresiones en beneficio de la “correlación de fuerzas internacional y el ascenso de la izquierda en la zona”.  Pero Nicaragua no es Ortega-Murillo y no tardará la bestia en entenderlo.

  En todas esas grandes ofertas de solución en el supermercado mortal del sistema, muchas veces no se dice que se tratan de la imposición brutal de una hegemonía, y un decreto de persecución y muerte a lo que no es homogéneo al ganador.

  Los gobiernos gobiernan para sus seguidores, nunca para quienes no lo son.  Las estrellas de las redes sociales alimentan a sus huestes, aún a costa de sacrificar la inteligencia y la vergüenza.  Y la “corrección política” traga sapos, que habrán luego de devorar a quien aconseja resignación “para no beneficiar al enemigo principal”.

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  ¿Es el zapatismo una gran respuesta, una más, a los problemas del mundo?

  No.  El zapatismo es un montón de preguntas.  Y la más pequeña puede ser la más inquietante: ¿Y tú qué?

  Frente a la catástrofe capitalista, ¿el zapatismo propone un viejo-nuevo sistema social idílico, y con él repetir las imposiciones de hegemonías y homogeneidades ahora “buenas”?

  No.  Nuestro pensamiento es pequeño como nosotros: son los esfuerzos de cada quien, en su geografía, según su calendario y modo, que permitirán, tal vez, liquidar al criminal, y, simultáneamente, rehacer todo.  Y todo es todo.

  Cada quien, según su calendario, su geografía, su modo, habrá de construir su camino.  Y, al igual que nosotros, los pueblos zapatistas, irá tropezando y levantándose, y lo que construya tendrá el nombre que le dé la gana tener.  Y sólo será diferente y mejor que lo que hemos padecido antes, y lo que padecemos actualmente, si reconoce lo otro y lo respeta, si renuncia a imponer su pensamiento sobre lo diferente, y si al fin se da cuenta de que muchos son los mundos y que su riqueza nace y brilla en su diferencia.

  ¿Es posible?  No lo sabemos.  Pero sí sabemos que, para averiguarlo, hay que luchar por la Vida.

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  Entonces, ¿a qué vamos en esta Travesía por la Vida si no aspiramos a dictar caminos, rutas, destinos?  ¿A qué, si no buscamos adherentes, votos, likes?  ¿A qué, si no vamos a juzgar y a condenar o absolver?  ¿A qué, si no llamamos al fanatismo por un nuevo-viejo credo? ¿A qué, si no buscamos pasar a la Historia y ocupar un nicho en el panteón enmohecido del espectro político?

  Bueno, para serles sinceros como zapatistas que somos: no sólo vamos confrontar nuestros análisis y conclusiones con lo otro que lucha y piensa críticamente.

  Vamos a agradecer a lo otro su existencia.  A agradecer las enseñanzas que su rebeldía y su resistencia nos han regalado.  A entregar la flor prometida.  A abrazar lo otro y decirle al oído que no está sola, soloa, solo.  A susurrarle que valen la pena la resistencia, la lucha, el dolor por quienes ya no están, la rabia de que esté impune el criminal, el sueño de un mundo no perfecto, pero sí mejor: un mundo sin miedo.

  Y también, y sobre todo, vamos a buscar complicidades… por la vida.

SupGaleano.
Junio del 2021, Planeta Tierra.

 

 

 

https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2021/06/27/la-travesia-por-la-vida-a-que-vamos/

jueves, 13 de mayo de 2021

¡Delfines!

 


¡Delfines!

Mayo del 2021.

  Fueron momentos dramáticos.  Acorralado, entre cabos sueltos y la borda, el bichito amenazaba con su lanza a la tripulación, mientras de reojo observaba al mar embravecido, donde un Kraken, de la especie “kraken escarabujos” –especialista en comer escarabajos-, acechaba.  Entonces, se armó de valor el intrépido polizón, alzó sus múltiples brazos al cielo y su voz rugió, opacando el ruido de las olas al chocar contra el casco de La Montaña:

  Ich bin der Stahlkäfer, der Größte, der Beste!  Beachtung! Hör auf meine Worte¡ (¡yo soy el escarabajo de acero, el más grande, el mejor.  ¡Atención!  ¡Escuchad mis palabras!)

  La tripulación se detuvo en seco.  No porque un insecto esquizofrénico les retara con un mondadientes y una tapita de plástico.  Tampoco porque les hablara en alemán.  Fue porque el escuchar su lengua materna, después de años de escuchar sólo el español tropical costeño, les transportó a su tierra como por un raro encantamiento.

  Gabriela diría después que el alemán del bichito estaba más cerca del alemán de un migrante iraní que del Fausto de Goethe.  El capitán defendió al polizón, alegando que su alemán era perfectamente entendible.  Y, como donde manda capitán no gobierna Gabriela, Ete y Karl aprobaron, y Edwin, aunque sólo entendió la palabra “cumbia”, estuvo de acuerdo.  Así que lo que les narro, es la versión del bicho traducida del alemán:

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  “El titubeo de mis atacantes me dio tiempo para rehacer mi estrategia defensiva, recomponer mi armadura (porque una cosa es morir en un combate desigual y otra muy distinta es hacerlo en fachas), y lanzar mi contraofensiva: un relato…

  Fue hace algunas lunas, en las montañas del Sureste Mexicano.  Quienes ahí viven y luchan, habían lanzado un nuevo desafío para sí mismos.  Pero en esos momentos, vivían en la zozobra y el desaliento porque carecían de un vehículo para su travesía.  Así fue hasta que yo, el grande, el inefable, el etcétera, Don Durito de La Lacandona A.C. de C.V. de (i)R. (i)L. llegué a sus montañas (las siglas, como todos deben saber, significan “Andante Caballero de Cabalgadura Versátil de Irresponsabilidad Ilimitada”).  Tan pronto se corrió la voz de mi arribo, multitud de mozas, infantes de todas las edades, e incluso ancianas, corrieron, raudas y veloces, a aclamarme.  Pero yo me mantuve firme y no sucumbí a la vanagloria.  Me dirigí entonces a los aposentos de quien se encargaba de la malograda expedición.  Por un momento me confundí: la impertinente nariz de quien hacía y rehacía las cuentas imposibles para sufragar los gastos de la expedición punitiva contra Europa, me hizo recordar a aquel capitán, que después sería conocido como el SupMarcos, al que orienté durante años y a quien eduqué con mi sabiduría.  Pero no, aunque parecido, quien se dice llamar SupGaleano tiene todavía mucho que aprender de mí, el más grande de los andantes caballeros.

  En fin, que no tenían embarcación.  Cuando puse a la disposición de esos seres mi navío, el susodicho Sup, con sarcasmo, me respondió: “pero ahí sólo cabe uno, y tiene que ser muy pequeño, y es… ¡una lata de sardinas!”, refiriéndose así a mi fragata, cuyo nombre, “Pon tus barbas a remojar” la nominaba a babor, a la altura de la proa.  Hice caso omiso de tal impertinencia y, caminando por entre la multitud que anhelaba una mirada mía, una palabra al menos, me dirigí hacia la isla “No tiene nombre”, descubierta por quien esto narra en 1999.  Ya en lo alto de su, ahora sí, cofia arbolada, esperé paciente a la madrugada.

  Maldije entonces al averno, convoqué a diosas de todas las latitudes, llamé pues a la más poderosa de ellas: la bruja escarlata.  Ella, la despreciada por los otros dioses, dados como son al machismo fanfarrón y de espectáculo.  Ella, la alejada por las otras diosas, dadas a la belleza falsa de afeites y cosméticos.  Ella, la bruja escarlata, la bruja mayor: Oh, die scharlachrote Hexe!  Oh, die ältere Hexe!

  Conociendo yo que las probabilidades de que esos seres extraños, autodenominados zapatistas, consiguieran una embarcación digna, eran exiguas, bien sabía que sólo el más poderoso de los poderes mágicos podría sacarlos del apuro y cumplir con su palabra.  Ergo, llamé a la bruja mayor, la de ropaje purpúreo, quien puede alterar la posibilidad de que algo ocurra.  Ella hizo cuentas y cuentos y llegó a la conclusión de que, en efecto, la probabilidad de que consiguieran una embarcación era casi de cero.  Así dijo:

  “Pero nada puedo hacer, si no hay una petición.  Y no cualquier petición.  Debe ser hecha por un Titán, un ser grandioso y magnánimo que a su buen talante cobije a quienes necesitan de un mágico evento”.

  ¿Y quién mejor que yo?, bramé sonoro.  La dama del manto carmesí alzó la mano demandando mi silencio.  “No es todo”, susurró.  “Preciso es que el tal Titán arriesgue su vida, su fortuna y reputación en la odisea que esos seres pretenden.  Esto es, que les acompañe con su aliento y bondad y, junto a ellos, aunque no a su lado, afronte desafíos y penares.  Esto es, estará y no estará”.

  Estuve de acuerdo pues mi única fortuna son mis hazañas, la vida la arriesgo con sólo existir y, bueno, mi reputación está por los sótanos del mundo.

  La bruja hermana hizo pues lo que se hace en estos casos: encendió su ordenador, se conectó a un servidor en Alemania, tecleó no sé qué conjuro, modificó una gráfica de probabilidades y subió, de casi cero a 99,9 % el porcentaje, tecleó de nuevo y un zumbido de su impresora delató el papel que de ella salía.  No sin antes apreciar la modernización que hay en el gremio de brujas escarlatas y similares, tomé la nota.  Una única sentencia la llenaba:

Si el titán de acero es, encuentre su semejante, que de eso depende el faltante

  ¿Qué significaba aquello?  ¿Dónde podría yo encontrar a algo o alguien, ya no digo parecido, sino digamos lejanamente cercano a mi grandeza?  Titanes no hay muchos.  De hecho, según la wikipedia de abajo y a la izquierda, soy el único que prevalece.  Entonces “de acero”.  ¿El hombre de acero?, lo dudo; no creo que la bruja escarlata haya recomendado a un varón.  Entonces una fémina o hembra de acero.

  Largo anduve.  Recorrí desde la Patagonia hasta la lejana Siberia.  Crucé caminos con el digno Mapuche, grité con la Colombia ensangrentada, atravesé la dolida pero persistente Palestina, pasé por los mares teñidos de la pena negra de migrantes, y volví sobre mis pasos, creyendo, erróneamente, que fracasado había en mi misión.

  Pero, al desembarcar en la geografía que llaman “México”, algo llamó mi atención.  Sobre aguas turquesas un navío padecía los arreglos y parches que su tripulación le daba.  “Stahlratte”, se leía en un costado.  Como a la bruja escarlata la encontré en la Alemania de abajo, y esa palabra significa “rata de acero” en su lengua, decidí probar fortuna.  Esperé, con sabia paciencia, a que noche y sombras cobijaran la soledad del barco.  Trepé con habilidad por la proa y, bordeando por estribor, me llegué a donde se ubica el centro de mando o gobierno de la nave.  En ella, un varón maldecía en lengua germana con improperios y blasfemias que apenarían al mismísimo averno.  Algo decía de la pena que da dejar mares y aventuras.  Supe entonces que el navío contaba sus últimos días, y su capitán y tripulación pesadillas tenían de una vida en tierra firme.  Las brujas escarlatas de todo el mundo confabulaban a mi favor y ventura.  Pero todo dependía de mí, del escarabajo de acero inoxidable, del más grande de los andantes caballeros, de etcétera, para encontrar “el faltante”.  Esperé entonces a que el capitán cesara en sus lamentos y maldiciones.  Cuando hubo callado y sólo un sollozo le ahogaba la garganta, me trepé al timón y encarándolo dije: “Yo Don Durito, ¿tú quién?”  El capitán no titubeó al responder “Yo capitán, tú polizón” mientras blandía un periódico o revista y amenazaba con oprimir así mi hermosa y esbelta figura.  Fue entonces que, con voz potente, me presenté.  El capitán dudó y guardó silencio y periódico o revista.

  Después, bastaron unas cuantas frases para que ambos entendiéramos que éramos gente de mundo, aventureros por vocación y elección, seres dispuestos a enfrentar cualquier desafío por imponente y terrible que fuera.

  Ya en confianza, le referí yo la historia de una odisea en curso, algo que llenaría luego los anales de las historias por venir, el más peligroso e ingrato de los quehaceres: la lucha por la vida.

  Me prodigué en detalles, le hablé de una embarcación construida en medio de las montañas, sin más agua que la de la lluvia para darle vocación y razón de ser.  Le platiqué de quienes habían decidido abrazar tamaña osadía, de leyendas sobre una montaña que se niega a la prisión de sus pies en tierra, de mitos y leyendas mayas en voz de sus originarios.

  El capitán encendió un pitillo, me ofreció uno pero hube de rechazarlo al sacar mi pipa.  Compartimos el fuego y el humo del tabaco.

  El capitán guardó silencio y, después de algunas bocanadas dijo algo como: “a fe mía que gran honor sería sumarse a tan noble y descabellada causa”.  Y agregó: “no tengo tripulación ahora, pues estamos ya al retiro, pero estoy seguro que mujeres y hombres se acercarán con tan solo el encanto de esta historia.  Ve con los tuyos y diles que cuenten con lo que somos, humanos y navío”.

  Terminada mi historia, me dirigí a quienes amenazaban con arrojarme por la borda: “Y así fue como ustedes, simples mortales, se embarcaron en esta aventura.  Así que dejadme en paz y volveos a vuestros trabajos y enseres, que yo he de vigilar que el Kraken deje en paz nuestra casa y camino.  Para eso he llamado a peces amigos que lo mantendrán ausente”.

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Y záz, que en ese momento alguien en cubierta grita “¡Delfines!” y tod@s subieron a cubierta armados de cámaras, celulares o sólo sus ojos asombrados.

  En la confusión, Durito, el más grande de los Titanes, el único héroe a la altura del arte, el cómplice de magos y brujas, se escabulló y trepó de nuevo a, ahora sí, la Cofa y desde ahí entonó cánticos que, lo juro, eran replicados por los delfines que, entre olas y sargazo, bailaban por la vida.

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  Más tarde, en la cena, el capitán confirmó la historia del bichito.  Y desde ese momento el bichito dejó de ser “el bichito” y es llamado, a partir de ese evento, “Durito Stahlkäfer”, “Durito, el Escarabajo de Acero”.

  “Una raya más al tigre”, debió decir el finado SupMarcos, tres metros bajo cubierta, err, quise decir, bajo tierra.

  Ahora, con camaradería, Gabriela le corrige a Stahlkäfer la pronunciación germana; en el hombro de Ete, Durito sube a lo más alto del palo mayor; acompaña a Carl cuando toma el timón y le divierte con historias terribles y maravillosas; sobre la cabeza de Edwin le dirige en el desplegar y arriar del velamen; y en las madrugadas comparte con el Capitán Ludwig el tabaco y la palabra.

  Y, cuando el mar embravece y el viento aumenta su lujurioso cortejo, el más grande ejemplar de la andante caballería, Stahlkäfer, entretiene al Escuadrón 421 relatando leyendas increíbles.  Como aquella que narra la historia absurda de una montaña que barco se hizo por la vida.

Doy fe.

SupGaleano.
Planeta Tierra.

Nota: El video de los delfines convocados por Stahlkäker fue tomado por la Lupita, porque el equipo de apoyo de la Comisión Sexta, encargado de tal misión, estaba ocupado… gomitando.  Sí, de pena ajena.  Ahora el Escuadrón 421 tiene como misión apoyar al equipo de apoyo.  Y todavía hay que atravesar el Atlántico (suspiro).

 

Música: «La Bruja», son jarocho interpretado por Sones de México Ensamble, con  Billy Branch. Imágenes: parte de la travesía de La Montaña, arribo y desembarco en Cienfuegos, Cuba; y reunión del Escuadrón 421 para mirar la página de Enlace Zapatista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2021/05/12/delfines/